Doña nena – nombre de dios

A veces, que una extraña toque tu puerta puede llegar a dar un susto, y más aún si esa extraña viene acompañada de dos hombres uniformados. Esa extraña era yo, queriendo visitar a Doña Nena. Así llegue a su casa…

Gracias a la guía de la Guardia Civil de Nombre de Dios, se dio el encuentro. Ellos también me dieron posada y me mostraron los lugares mágicos del pueblo hasta llevarme a la casa de la partera. Llamé a la puerta varias veces y finalmente fuimos atendidos por un niño pequeño que nos ayudó a llamar a Beatriz, hija de Doña Nena.

Beatriz llegó, saludamos y le conté brevemente mi historia de viaje y mi investigación. A pesar de lo que le decía, sentía que mis palabras no estaban generando nada. Su primera reacción y respuesta fue un breve: “No nos interesa, mi mamá era partera, ahora ya no”, pero su mirada decía algo más. Con un poco de temor, me volvió a ver y me empezó hacer preguntas:

¿Por qué andas viajando sola?

Y más aún en bici…

¿Por qué sobre parteras?

¿De tan lejos…? ¿¡Y no te da miedo!?

Hubo una pequeña risa. En ese instante todo cambio.


-Cuando alguien ríe, el cuerpo se relaja y el corazón fluye, se expande-


Es que hubo un tiempo que todo andaba peligroso por aquí, por eso nos hemos asustado, mas si vienes con dos hombres, pero qué bueno conocer a los que nos cuidan. (risas)

 Mira te voy a contar la historia de mi mamá…

Ella se llama María Elena Medrano, yo creo que es una de las mujeres más fuertes y libres de este pueblo, siempre quiso algo diferente… Una mujer con actitud, fuerza y libertad.

Alguien que quería estudiar, instruirse y sobresalir en la vida, aprender. Valerse por sí sola.

Todo empezó en el sanatorio Rodarte, en Durango, un internado donde ella aprendió sobre enfermería, obstetricia y atención de salud básica. Iba y venía de ahí, aprendiendo de todo para atender. Si por ella fuera, hubiera estudiado medicina.

Desde los 18 hasta los 60 años ejerció su labor de ser partera.

 Ahora ya no le dejamos que continúe. Por ella seguiría, pero ya es muy cansado y cuando se puso fea la cosa… Hasta llegaba atender gente herida de balas, no sólo a mujeres.

Y ella no dudaba en ayudar; nunca decía que no.

Beatriz, para mí era el canal directo de las experiencias de Doña Nena. Se me venían imágenes de ver una pequeña niña, que sin darse cuenta era la aprendiz y ayudante de la partera del pueblo.

María Elena se quedaba en silencio, ella casi no habló. Beatriz era la mujer indicada para seguir con su historia, la historia de su madre… 

Ella atendido más de 1000 partos, tenía todo anotado en un cuaderno donde ponía el detalle de la parturienta, el bebé, fecha y hora.

Yo siempre estaba atenta para ayudarle con el agua caliente, sus herramientas… Miraba cómo mi mamá les cortaba el cordón umbilical, sacaba la placenta. Y cuando había complicaciones, claro, se iban directo al hospital. Pero ella sabía lo que hacía.

Hace ya tiempos que no se utiliza, el cuarto. 

Si quiere, le puede tomar fotos.

Aquí tiene todo, pero le voy a decir la verdad, es una profesión bien dura. Nadie reconoce de verdad esta labor; las noches de desvelada, la comida que mi mama les hacía. A veces, venían mujeres de los ranchos que no tenían ni ropa para lxs bebes. Ahí era cuando yo iba corriendo al cuarto a sacar alguna ropita de nosotrxs para darles, sin escatimar nada, muchas veces ni le pagaban a mi mamá, pero ella aún seguía atendiendo. Eso es tener el corazón grande.

Por suerte, tuvo apoyo aquí en el pueblo. En la clínica, donde le apoyaban, ella aprendía y aprendían de ella.

Siempre atendía los partos aquí en casa. Para mí, ella realmente era la sala de emergencias de aquí, como le dije, atendía hasta gente herida.

¡Tómale fotos a mi mama, no a mí…!

Ella, mi madre, es pura fortaleza. Mujer de templanza.

 Que ella es la estrella de esta casa. Muchas veces nos hemos puesto a pensar sobre todas las historias que tendrá, poderlas escribir…

Ahora que viniste, ¡vuelve a nacer esa idea!

Yo sí, lo primero que me dije es nunca voy a ser partera. Es un trabajo que no ha sido valorado, así se haga todas las capacitaciones y más, es toda una vida para los demás sin esperar nada a cambio.

Aprendí mucho de eso, de ella y el trato que mi mamá tenía con las personas: cómo recibía a las mujeres, cómo les ponía el suero, les acomodaba la habitación, las chequeaba cuando ya estaban lista para parir, la limpieza que hay que tener siempre, los guantes, las pinzas y la cabeza centrada.

Cada minuto que pasaba, la voz de Beatriz era más clara. Sonreía y sus ojos brillaban al hablar de su madre, la partera. Era la primera vez que podía escuchar la historia a través de las vivencias de la propia hija. Otra mujer que también llevó y lleva ese don de saber recibir. Aunque ya no lo hagan, aunque no se lo crean del todo.

Poco a poco las puertas de la casa se fueron abriendo, sentadas ya en una pequeña salita en el corredor, seguían las historias de los partos de su madre, reconocida como la abuela del pueblo, como la madre súper poderosa que con su esfuerzo sacó a delante a todxs sus hijxs para que pudieran estudiar y salir al mundo.

Al final llegue al patio de la casa, donde la luz del atardecer nos acompañaba con el abrazo de la confianza ya generada. Ella arreglaba a Doña Nena para las fotos. El hecho de haber entrado poco a poco hizo que yo lograra observar y aprender sobre la complicidad de madre e hija, el amor incondicional de acompañarse y por un instante llegar a ser una, un equipo de vida e historias, dónde, de cada parto existieron dos versiones: la inocente de una niña aprendiz y la experta de la Diosa Madre.

Una voz interna me dice ahora: estás ahí para reconocer tu linaje, saber que con estos encuentros también te estás conectando con ella; contigo, mamá. En nuestro parto, en nuestras historias…

Puede ser que no logramos hablar más a profundidad sobre técnicas de partos, recetas, etc. Pero esta visita dejó en mí con una caricia de amor; como cuando, de pequeña, dormía en el pecho de mi mamá, o como cuando, ya adultas las dos, salíamos en las tardes a hablar tomando un café, junto a un tabaco y nuestro postre favorito.

Añoranzas del calor del nido.

Con un gran abrazo, al momento de despedirme, Beatriz me dice:

Mi mamá dice que a las personas buenas siempre les va bien.

Que así sea.