manos que reciben

En San Luis Potosí, al igual que otros estados de México que he visitado, existe el gran tema del seguro popular y sus medidas con las parteras, el cual las deja sin capacitaciones, herramientas de trabajos y les prohíbe atender a las madres.

Algunas mujeres dicen que desde hace 5 años es que estas limitaciones se han convertido en obstáculos cada vez más fuertes, otras cuentan que desde hace 10 años sienten la represión y la exclusión que les impone este sistema.

En mi se ha quedado una sensación de amargura y tristeza, como si una  excavadora hubiera pasado arrancando las plantas mas poderosas desde la raíz.

Xilitla

Un lugar donde la mayoría del tiempo una siente que vive bajo el agua… Al comenzar el día, tomo un par de bocanadas y me sumerjo en esta temporalidad líquida y cíclica, el ser caracol.

Y es que el tiempo allí es extraño, ¿surrealista? A veces se logra palpar con las manos, a veces se siente pausado y estático, donde una alcanza a escabullirse entre los minutos y jugar.

Noches de visiones con ojos abiertos, donde la selva y el río entraban en mi habitación y me despertaban de los sueños para recibir a los guardianes del lugar que, con su paso, me decían que estoy bajo su cuidado pero que hay que estar atenta.

Castillo de Edward James

Mientras una va abriendo más los ojos, más dispuestos están éstos a ver.

Respiro. Una vela y mi Palo santo.

Durante mi estadía en el pueblo en espiral, pasaban los días y era difícil encontrarse con las parteras. De toda mi lista, sólo una respondió: María Julia. Ella era de un pueblito cercano, El Cañón. 

Y luego, entre lecturas y otros contactos, llegó Panchita, ella fue una partera reconocida en el centro del pueblo.


Panchita

Caminata de 20 minutos hacia el centro del pueblo. Una gran bajada me indicaba que estaría cerca de su casa… Me recibió con una sonrisa y sus grandes ojos, yo llevaba unos panes, siempre hay que ofrendar cuando se comparte la palabra, o eso creo.

Ella nació en un pueblo cercano a Xilitla, pero desde el 73 decidió vivir junto a su familia en el centro.

“Yo era enemiga de atenderme con parteras”

En el ‘78 empezó ayudarle a su hermana a atender partos, pasado un año comenzó a recibir sola de manera empírica y aprendiendo de partera a partera. Varios años de experiencia después, se volvió parte del equipo que capacitaba a otras parteras en comunidades cercanas.

“Sentía muy bonito cuando venía el bebe”

Luego la empezaron a buscar, por lo que decidió prepararse a través de cursos de primero auxilios, enfermería, atención en hospital y más.

“¡Pues yo aprendí!

Así aprendí a yo atenderlas, para darles mejor servicios”

También me contaba que una de las mejores experiencias que tuvo fue con una partera tradicional de San Luis Potosí, con la que aprendió a poner el DIU, hacer el papanicolaou, acomodar a los niñxs y a mirar a las madres y, como por arte de magia, saber de qué sexo serían sus hijxs.

“Cuando venía un niño, sentado o transverso, yo todo lo aprendí, pero yo no quería acomodar, yo acomodo muy lento, aquí lo hacen con reboso, yo no lo usaba mucho, eso lo aprendí de esta partera que no me acuerdo su nombre, pero sale en la tele…

Uy, no me acuerdo del nombre de esa partera. ¿Qué cree?

¡Últimamente se me han olvidado ya varias cosas!

No, no, yo no sigo atendiendo partos, como le dije eso ya no nos permiten.

Mire, le voy a contar, es que a mí me paso un caso…”

“No es miedo, es precaución.”

Ahí sentí que nos convertimos en colegas o amigas. Me miró, respiró y continuó su historia. Percibí que era de esas experiencias que te marcan la vida y te dejan suspiros en el cuerpo cada vez que las recuerdas.

Me contó que un día llegó una mamá, que ella sintió que el bebé era muy grande y le dijo que no le iba atender hasta que se hiciera una ecografía para mirar cómo estaba y cuál era el peso exacto de la criatura.

A la madre le habían hecho un chequeo y le decían que su bebé estaba pesando 3kl 200gr, y cuando le mostró el resultado de la ecografía, ella dudó. Pero como venía firmado por un doctor que ella conocía, la dejó pasar y la atendió.

Nació la bebé, pero a la mamá se le rompió el cuello uterino y el cérvix se abrió.

“Uy, ¡cuánta sangre había! La bebé terminó de pesar 4kl 200gr.

Ay, mamacita, andas mal, le dije.

 En ese momento me llego un recuerdo de un aborto que tuve yo en ciudad de México”

Hace años Panchita había perdido un hijo y se estaba desangrando. Lo primero que hizo el doctor fue introducirle gasas por la vagina detener la hemorragia y en esa ocasión, viendo a la madre, ella hizo lo mismo. Sacó todas las gasas que tenía e hizo un tapón con ellas mientras llamaba al doctor más cercano y la llevaba al hospital junto con su pareja

“Siempre les decía a los hombres que entraran al parto para que vieran cómo se sufren

Nos fuimos, pero yo sabía que se nos iba ir, su color ya era otro”

Hace 14 años que deje de atender, paré después de ese caso.

Yo atendía en el seguro directamente, los médicos eran mis jefes, también aquí en mi casa

Después de unos días me acerque al doctor y le dije que el eco estaba mal, que los datos estaban mal, sino yo no la hubiera atendido. El doctor no dijo nada. Era un doctor conocido.

Yo siempre llevaba todo anotado en un libro, ahí tenía todo lo de ese caso y los partos de aquí de Xilitla. Aquí algunos me reconocen y me llaman La Abuela.

Yo dejé, de ese caso me agarré para ya no atender, pero yo tenía la confianza de llevarlas al hospital.

Yo desde ahí trabajo en la clínica ayudando a la auxiliar de enfermería a llenar expedientes y en la farmacia vender medicamentos. Igual estoy bien agradecida; me dieron trabajo.

Una parte de mi sentía que, desde el silencio y el trabajo, Panchita era feliz. Estaba segura con un pago al mes y agradecía al sistema médico que “le ayudó a seguir con su labor” detrás de un mostrador vendiendo medicamentos y llenado formularios.

Cuando fui al Centro de Salud a visitarla y tomarle fotos, ella estaba muy contenta y orgullosa. Su manera de caminar y de mirar a la cámara me hacía pensar que esa mujer es una de las tantas Brujas con las que me he encontrado que andan por la vida con historias por contar, con manos para ayudar y sin apoyo para continuar con la labor de servir a la vida. 

Panchita me hizo analizar la partería medicalizada y la partería empírica porque realmente utilizaba muy pocas plantas, no hacía el cierre, ni baños. Ella atendía partos en su casa casi como en un hospital, tenía medicamentos a la mano y todo para que la mujer se sienta segura y eso para mí también fue visibilizar la necesidad de unir estas dos formas de acompañar en un parto, desde lo espiritual y lo terrenal.

Ella me enseñó a mantener la postura de diosa, la cabeza en alto y las manos limpias.