manos que reciben

María Julia – El Cañón

El camino hacia El Cañón se dio adentrándose poco a poco hacia las montañas, pasando por pequeños pueblos de colores y otros de blanco y negro cobijados por la neblina. Y mientras me acercaba se podía apreciar la sierra que aún está conservada.

Normalmente, cuando hago las visitas llevo todo mi equipo, aunque no lo use por completo. En el primer encuentro nunca tomo fotografías, por ejemplo, porque siento que la cámara puede llegar a ser un aparato un poco invasivo. Así que esta vez sólo llevé mi grabadora.

El contacto que tenía para llegar a María Julia era de su nieta, que me iba a llevar a la casa de su abuela. Me habían comentado que para encontrar a las parteras era mejor buscarlas por su nombre o el de alguna otra persona cercana a ellas, ya que si preguntas por quién ejerce el oficio de la partería en los pueblos, no te respondían por el miedo que hay a que las estén buscando para hacerles algo.

Por lo que, siguiendo el hilo de los encuentros, apenas me bajé del auto fui al encuentro de la nieta. Nos reconocimos. Esperé unos minutos y nos fuimos caminando a la casa de María Julia.

Un camino lleno de plantitas donde se escuchaban las gallinas que me llevaron hasta ella.

María Julia me recibió con una mirada de sorpresa y lo primero que me dijo fue:

“Todo me lo quitaron, tenía lo de la partería, lo del hospital… Todo me quitaron. El apoyo económico por ser partera también me lo quitaron”

Tomó una silla y me dijo que me estaba esperando desde el día anterior. Puso café a calentar y nos sentamos a cotorrear. En la habitación estaba su hija, su nieta y su bisnieto, queriendo escuchar mis preguntas y sus respuestas.

Fotografias tomadas por su nieta

María Julia ya no escuchaba bien, así que dejé de preguntar y di mis oídos a lo que me quería contar. Me sentí como el gran personaje de la niña del cuento “Momo”, manteniendo mi silencio y dejando que los relatos que necesitaban salir, salieran. 

Tener la capacidad de estar atenta a cada palabra, leer los silencios, los suspiros, la respiración… Comprender desde mi ser su corazón y su cuerpo abriéndose, dejando que mi presencia se vuelva tan transparente que todo pueda ser dicho, que todo pueda pasar.

Desde el 67 comenzó a atender, ayudando a parir a una sobrina ella.

“La atendí. Yo tenía valor para atenderlas… No utilizaba hilos,  yo utilizaba trapos.

El primero que atendí fue por susto y miedo. El primero...

De ahí, ya me empezaron a llamar. Me dijeron que no podría trabajar porque no estaba registrada. Primero me enojé, luego ya fui y nos capacitaron en Xilitla, en el Centro del Salud. Ahí me dieron mis constancias.

Más de 32 años atendiendo, hace 4 años que dejé de atender. Yo atendía tantos partos, me atrevía atender, pero te voy a decir la verdad.

Yo sin dinero igual atiendo por el dolor.

A las 8:20pm se nos fue la parturienta; una hemorragia.

Se enojó mucho la doctora y me fue a acusar a San Pedro, a decir que yo atendí un parto y que no le dije a la doctora que hubo una muerte…

De repente, me vi envuelta en sus historias. No las contaba completas, pero quería sacarlas, compartirlas. También me habló de lo que hace con las placentas y el calorcito que les da para revivirlas, que tiene algunas enterradas y otras se las lleva la familia porque el recién nacido llora mucho y eso les calma. Se ríe diciéndome esto último.

Ella ha visto a casi todo el pueblo del Cañón nacer y de los pequeños poblados de sus alrededores. Es una de las pocas parteras que sigue viva entre esos árboles y caminos lejanos.

“Uy, he atendido en unos cuantos pueblos. Pero …

¡Hace poco echamos los registros a las leñas!

Había un doctor en el año 80 que me ayudaba con todo, no tenía límites de enseñar. Me enseñó sobre la placenta previa, para que le vaya acomodando. Yo sola atendía cómo debe de ser.

No hacía tacto porque no sabía. Luego venían y se aliviaban.

Ahora, no más las atiendo sino que las reviso y les doy sobaditas.

Quería indicar a una muchacha a mi Tere, quería que le enseñe pero vio la sangre y ya no quiso ver más.

La charla siguió entre el café y sus maizales. Recuerdo una hermosa luz en su rostro. Ella estaba en la entrada de la puerta, a veces se quedaba mirando afuera por mucho tiempo, adentrándose es sus silencios.

Yo tuve que irme pronto, me esperaban para volver en auto al lugar donde me hospedaba. No sabía si la iba encontrar de nuevo, estaba a pocos días de mi partida y ella andaba con sus tiempos en otras cosas… Me dijo que me iba avisar cuando bajara Xilitla y días después me comentaron que me buscó, pero yo ya había emprendido mi viaje. Antes de despedirme me regaló unos maíces, multicolores y hermosos. Que los obsequié al lugar donde me estaba quedando.

Aún no logro descifrar la sensación en mi corazón de las historias que descubrí en ese territorio, hay un llanto pequeñito, un vacío que no se alcanza a sostener con nada, muertes en vidas, familias enteras honrando a estas abuelas y el mundo las mira de reojo, casi ya como si no existieran.

¿Cómo serán sus pensamientos?

¿Cómo será tener un sueño roto que se escapa entre tus dedos?

¿Cómo será que te quiten tus enseñanzas y te hagan dudar de lo que has aprendido?

¿Cómo será tener un corazón para servir y saber que te tienes que quedar quieta?

Siempre he sido amiga del silencio, más aún al momento de andar en mi bici. Pero este, este silencio, el silencio de estas manos y de estos úteros me duele.